Desafíos culturales para la innovación y el emprendimiento temprano

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La publicación original fue realizada el viernes 24 de noviembre de 2017 en la Revista FIA.

200 mil niños de todo Chile coincidieron el pasado noviembre para resolver una serie de problemas que se les plantearon en un lenguaje “extranjero” y desconocido: la programación. De los más de 1.700 colegios que participaron en Chile en el evento “La Hora del Código”, una minoría contaba con conocimientos de programación. Y aun así, en tan sólo sesenta minutos, niños de 275 comunas participaron en este evento que acerca escolares al mundo a este “nuevo idioma”.

La enorme riqueza que representa el vínculo innato a lo digital de generaciones más jóvenes para el país, frente a las mega tendencias tecnológicas que moldean cada vez más el desarrollo del mundo, evidencia la necesidad de fortalecer incentivos para el uso de capacidades habilitantes para una economía basada en el conocimiento. En ese sentido, el progreso de Chile pasa por generar nuevos espacios para fortalecer la curiosidad de innovar y emprender de nuestros futuros ciudadanos.

“Pegarse el salto” hacia una economía del conocimiento

Son dos los elementos críticos que habilitan la innovación en etapas tempranas. Primero, se debe contar con una cultura social, organizacional y personal que transmita los valores necesarios para que una persona se disponga a emprender. Esta cultura facilita el emprendimiento orientado a la solución de problemas, manteniendo una mente abierta y acogiendo la diversidad como principios críticos. En este aspecto, cultivar una mayor tolerancia al fracaso, es algo en lo que aun nos queda mucho por recorrer.

Considerando que, según la revista Forbes, un 90% de los startups no sobreviven “el valle de la muerte” que enmarca la comercialización de su producto o servicio, resulta contraproducente no enmendar esta situación. Esto influye directamente en el ambiente de inversionistas locales, que terminan gravitando hacia negocios de menor riesgo. El problema detrás de esta aversión a la incertidumbre es evidente y, como consecuencia, merma el potencial de la innovación. Comprender el fracaso como parte indisoluble del emprender y aprender, a través de un mantra de “fracasar rápidamente”, enfocado en iteraciones continuas que llevan al aprendizaje camino al éxito final, es una prioridad que debe acompañar todo robusto ambiente de aceleración.

Jump Chile, el programa de emprendimiento universitario más grande del país, afronta este desafío desde la formación. Parte del éxito de las ya cinco versiones del programa se deben a su metodología, que no solamente entrega conocimientos sobre modelos de negocios, Need Finding, Design Thinking y la práctica de Lean Startup -todas metodologías de punta a nivel mundial- sino que acompaña a quienes deciden “pegarse el salto” mediante talleres y cápsulas metodológicas en todo el país.

La iteración constante de proyectos en las cuatro etapas del programa invitan a los participantes a desafiar su propuesta y, en caso de no tener potencial, ajustarla para aumentar su impacto. Un proyecto siempre termina muy diferente a cómo inició y, con una tasa de sobrevivencia equivalente al 85%, los startups acelerados a través de Jump Chile ratifican la importancia de saber “pivotear” ante la incertidumbre.

Segundo, y de particular interés para profesionales que deseen emprender, es elemental proveer una temprana conexión entre los jóvenes y las necesidades de su entorno, ya sea desde un puesto de trabajo tradicional o liderando un proyecto de emprendimiento. La innovación debe siempre responder a problemas o demandas de una comunidad, un grupo objetivo concreto de clientes y/o consumidores, e idealmente generar un triple impacto: es decir, económico, social o medioambiental.

Y es fundamental que el equipo emprendedor no sólo tenga una pasión por solucionar ese problema o necesidad, sino que se dedique intensamente a la tarea. Evitar el “turismo emprendedor” recae no sólo en el sector público y otros actores del ecosistema como empresas y fondos de inversión, sino especialmente en la formación de jóvenes en instituciones de educación escolar y superior. Estas son capacidades que no sólo tienen alto valor para resignificar el fracaso para Startups, sino que son altamente valoradas por el sector empresarial. Por lo tanto, debemos fomentar la innovación y el emprendimiento tanto en los lugares que forman como donde aterrizan futuros profesionales.

Una formación temprana pro innovación y emprendimiento

Un estudio conducido por el Instituto de la Economía del Trabajo en Alemania en 2012 demostró que habilidades de emprendimiento no-cognitivas son desarrolladas mejor en una edad temprana durante la educación básica. Hablamos de capacidades como creatividad, proactividad, liderazgo, mayor disposición a tomar riesgos y -por sobre todo- persistencia. En Irlanda, el Junior Entrepeneurship Programme, dirigido a más de 10 mil escolares de enseñanza básica, resultó en una mejora de habilidades comunicacionales y de trabajo en equipo para el 66% de los participantes.

Corfo ha respondido a este desafío a través del Programa de Apoyo al Entorno para el Emprendimiento e Innovación (PAEI) que, entre otros aportes, financia instancias y proyectos que aborden la educación para el emprendimiento en alumnos de enseñanza escolar. El programa incentiva el desarrollo de conocimientos, competencias y redes para el emprendimiento y la innovación, con el fin de introducir las mencionadas capacidades en diferentes ámbitos del país.

Los esfuerzos de Corfo se alinean con uno de los ejes fundamentales del Consejo Nacional de Innovación para el Desarrollo (CNID), que aspira a insertar las ciencias en los colegios. La iniciativa “Cultura CTI” (Ciencia, Tecnología e Innovación) del Consejo apunta a incrementar el impacto de la innovación en edades tempranas, integrando docentes en actividades de valoración de ciencia y tecnología. El acto de Innovar, en el sentido de este programa, se resignifica al empoderar estudiantes en un ecosistema que pueda responder a los desafíos reales de la sociedad.

En esta vertiente, el Centro de Innovación UC igualmente apoya la vinculación de la ciencia y tecnología con el sector productivo. Mediante el programa SINLÍMITES, que permite a estudiantes de pre y postgrado solucionar desafíos de innovación, insertos en una empresa durante 4 meses, vinculamos estudiantes con proyectos de innovación lo más tempranamente posible en su carrera.

Similarmente, insertamos la capacidad de Investigación y Desarrollo (I+D) desde los laboratorios de la Universidad Católica al interior de las oficinas de la industria. Vinculamos alumnos de doctorado con la industria a través de la realización de tesis en empresas que necesiten fortalecer sus procesos productivos con conocimientos de investigación. A profesionales con el grado de doctor, el Centro los asiste en la prospección de proyectos de investigación en el sector productivo y en su vinculación en instituciones que requieran de capital humano avanzado.

Con todo, los esfuerzos del Centro de Innovación UC se suman a los mencionados incentivos públicos para consolidar un ecosistema nacional apto para la innovación. Para sofisticar nuestra economía, precisamos de profesionales conectados con las necesidades de nuestra sociedad y emprendedores dispuestos a aprender de los fracasos. Para ello, la responsabilidad de colegios y universidades de ofrecer una formación temprana en conocimientos en innovación y emprendimiento es instrumental para aminorar el miedo a la incertidumbre.

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