Esos jóvenes irresponsables

Esos jóvenes irresponsables

Columna de Alfonso Gómez, Consejero del Centro de Innovación UC y Director de Empresas, publicada el 23 de diciembre en El Mercurio.

Son tiempos de cambios transformacionales, qué duda cabe. En un clima de incertidumbre y desencuentros generalizados, se escucha a menudo a los mayores expresar una particular preocupación por lo que denuncian como una marcada brecha generacional. “Esos jóvenes irresponsables, que sólo saben criticar y exigir.” Con esa frase, u otra parecida, los mayores solemos referirnos a los “millennials”, término vago para designar a los nacidos en las últimas dos décadas del siglo pasado. Las brechas generacionales han existido a lo largo de la historia, pero la percepción de que hoy los jóvenes “toman decisiones irresponsablemente, sin la debida meditación ni previsión” se agudizó.  Pero cuidado, esta es tan sólo una de las acepciones del término “irresponsable”.

Pertenezco a una generación criada en la certeza de que el aire, el agua dulce, el petróleo y la idea misma de desarrollo, eran infinitos y estarían disponibles para siempre. Al interior de nuestros grupos de referencia, vivimos una realidad cultural bastante cerrada y homogénea. Veíamos con naturalidad la explotación desatada de recursos naturales, la concentración del poder y las brechas económicas. La economía globalizada terminó por abonar el terreno para suscribir el Fin de la Historia enunciado por Fukuyama.

En contraste con esto, los actuales veinteañeros abrieron sus ojos y su entendimiento en un mundo de escasez, desequilibrios y economías con apellido (circular y sustentable, entre otros). ¿Jóvenes irresponsables? Claro, pero más bien en la segunda acepción del término: “Dicho de una persona a quien no se puede exigir responsabilidad.”  La pandemia y el cambio climático aceleraron la toma de conciencia de que la explotación lineal de recursos ya no era sostenible y, de la mano de la capacidad movilizadora del celular y la internet, aumentaron la fragmentación y los conflictos generacionales. Con ello, ha sido natural atrincherarse en auto percepciones que atentan contra la apertura y el diálogo: Los dueños de la experiencia, versus los refundadores del ecosistema productivo. Los trabajólicos versus los comprometidos con la calidad de vida y los equilibrios planetarios. Y ni hablar de los diferentes modelos de familia.

Son tiempos de cambio en las propuestas de valor que requerimos como especie; innovar ya no es optativo, ni la tarea meramente técnica de unos pocos iluminados. Desterrar estereotipos y fomentar el diálogo intergeneracional es fundamental para imaginar y construir un mundo factible y sostenible, no sólo desde una perspectiva material sino también desde la ética y la espiritualidad. El desarrollo del conocimiento permite abrigar esperanzas de que un mundo mejor sí es posible, pero en ese esfuerzo, tender puentes intergeneracionales es una responsabilidad tan ineludible como impostergable.

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